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Lo que no dijeron las urnas: Paloma, Oviedo y el reacomodo silencioso del poder

2026-06-01 23:00:00
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Por Quike Clown

Las elecciones del 31 de mayo no solo dejaron una segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Dejaron, sobre todo, una pregunta política incómoda: ¿qué pasó con los votos que supuestamente ya estaban contados? La derrota de Paloma Valencia, después de haber ganado La Gran Consulta por Colombia y de haber sumado a Juan Daniel Oviedo como fórmula, no puede leerse únicamente como un mal resultado electoral. Allí hay una fractura más profunda: la diferencia entre tener votos prestados y tener un proyecto político realmente consolidado.

En la consulta, Paloma parecía haber logrado lo que durante años buscó la derecha colombiana: unir el voto uribista con una franja técnica, urbana y de opinión representada por Oviedo. Sobre el papel, la operación era inteligente. Ella aportaba estructura, partido, reconocimiento y una marca ideológica clara. Oviedo aportaba moderación, imagen técnica, lenguaje de datos, cercanía con sectores de centro y una posibilidad de hablarle a quienes no querían votar por una derecha tradicional. Pero la política no se define solamente por sumas aritméticas. La política también se define por confianza, identidad, miedo, oportunidad y capacidad de encarnar el momento histórico.

Y ahí fue donde la fórmula empezó a hacer agua.

Paloma y Oviedo sumaban en la calculadora, pero no necesariamente en la calle. La alianza podía servir para ganar una consulta, pero no para resistir una primera vuelta polarizada. El votante de Oviedo no era automáticamente votante de Paloma. Muchos de esos ciudadanos podían haber participado en la consulta buscando una opción menos radical, más técnica o más institucional. Pero al llegar la elección real, frente a una confrontación directa entre Cepeda y Abelardo, ese voto quedó huérfano. Una parte pudo haberse ido hacia Fajardo, otra hacia el voto en blanco, otra hacia la abstención y otra, por cálculo estratégico, hacia De la Espriella.

La hipótesis más fuerte, incluso con tono conspirativo, es que Paloma pudo haber usado los votos de Oviedo para hacerse contar dentro del bloque de la derecha ampliada. No necesariamente porque existiera un pacto oscuro firmado en algún salón privado, sino porque la operación política funcionó así en la práctica: Oviedo ayudó a presentar a Paloma como una candidatura más amplia de lo que realmente era; le permitió mostrarse competitiva, superar la consulta y aparecer como puente entre derecha y centro. Pero cuando el tablero mostró que el verdadero vehículo del antipetrismo era Abelardo, los votos duros, las estructuras y los reflejos ideológicos se movieron hacia él.

Ahí aparece la sombra de Uribe y del uribismo como fuerza ordenadora. La pregunta no es menor: ¿Paloma fue abandonada por su propio campo político o fue parte de una transición calculada para terminar alineando el voto de derecha detrás de Abelardo? No hay pruebas suficientes para afirmar una orden directa, pero sí hay señales políticas que permiten sospechar un reacomodo. El uribismo es experto en leer momentos de poder. Si percibió que Paloma no tenía cómo pasar a segunda vuelta, era lógico que muchos de sus cuadros, simpatizantes y votantes migraran hacia quien sí podía derrotar a Cepeda.

Esa migración no necesitaba comunicado oficial. En política, muchas veces las órdenes no se escriben: se intuyen. Bastan los silencios, las señales, las reuniones, los guiños, los liderazgos regionales, los empresarios, los operadores y los mensajes de WhatsApp. La estructura entiende hacia dónde se mueve el poder antes de que alguien lo diga en público. Por eso, más que una conspiración cinematográfica, lo ocurrido puede entenderse como una operación de instinto político: cuando Paloma dejó de ser viable, Abelardo se convirtió en el recipiente natural del miedo, la rabia y el voto útil de derecha.

El caso de Oviedo es todavía más interesante. Su voto era el más difícil de domesticar. Oviedo no representaba al uribismo emocional, sino a una ciudadanía que se mueve entre la tecnocracia, el centro, el cansancio con los extremos y cierta idea de eficiencia pública. Al quedar atado a Paloma, ese voto fue conducido hacia una consulta de derecha, pero no necesariamente quedó capturado por ella. En otras palabras: Oviedo pudo haberle prestado oxígeno a Paloma, pero no pudo transferirle alma política. Y cuando llegó la primera vuelta, ese electorado actuó por su cuenta.

Lo mismo ocurre con los votos de rezago. Fajardo, Claudia López, Sondra Macollins, Raúl Botero y los demás candidatos menores no representan una sola bolsa electoral. Representan fragmentos distintos del malestar colombiano. Fajardo expresa el voto de centro que no quiere gritar, pero tampoco quiere obedecer. Claudia recoge una parte urbana, institucional, crítica del petrismo pero no necesariamente cercana a la derecha dura. Sondra y otros nombres menores canalizan votos testimoniales, personales o de inconformidad. Raúl Botero puede representar una rabia antisistema que Abelardo puede capturar con mayor facilidad. Mientras tanto, los votos de Roy, Murillo o Caicedo tienen una ruta más natural hacia Cepeda, aunque tampoco de manera automática.

La segunda vuelta, entonces, no será una simple suma de adhesiones. Será una batalla por el sentido del miedo. Abelardo intentará decirle al país que Cepeda representa la continuidad del petrismo, el riesgo institucional, la inseguridad y la amenaza de una izquierda enquistada en el poder. Cepeda intentará decir que Abelardo representa una aventura autoritaria, una derecha vengativa, una política de espectáculo y una salida de fuerza para un país que ya ha sufrido demasiado con la guerra. Ambos necesitan algo más que votos: necesitan imponer el relato dominante.

El contexto nacional no puede quedar por fuera. Colombia llega a esta elección con una ciudadanía cansada, golpeada por la inseguridad, desconfiada de las instituciones, saturada de promesas incumplidas y atravesada por una polarización que ya no es solo ideológica, sino emocional. Hay miedo al continuismo, pero también miedo al retroceso. Hay rabia contra Petro, pero también rechazo a una derecha que muchos asocian con privilegios, autoritarismo y viejas heridas. Hay demanda de orden, pero también memoria de lo que ha costado imponer orden sin garantías. En ese ambiente, los candidatos no compiten únicamente por propuestas: compiten por administrar las emociones colectivas.

Por eso el derrumbe de Paloma no debe verse como un hecho aislado. Es el síntoma de una derecha que decidió, o terminó aceptando, que la moderación ya no era suficiente para enfrentar a la izquierda. La derecha colombiana pareció decir: no necesitamos una candidata que dialogue con el centro; necesitamos un candidato que concentre el rechazo a Cepeda. Y en ese escenario, Abelardo fue más útil que Paloma. No porque tuviera más estructura inicial, sino porque logró encarnar mejor el clima de confrontación.

La paradoja es dura: Paloma ganó la consulta, pero Abelardo ganó el momento político. Oviedo aportó legitimidad técnica, pero su voto no se dejó amarrar. Fajardo y Claudia quedaron como reservas morales de un centro debilitado, pero todavía necesario. Cepeda llegó con una votación histórica, pero necesita ampliar hacia sectores que no se sienten cómodos con el petrismo. Abelardo llegó primero, pero necesita demostrar que no es solo rabia organizada. Todo está abierto, pero no todo pesa igual.

Si se quiere leer conspirativamente, la historia sería así: Paloma sirvió para ordenar la casa, Oviedo para atraer invitados moderados, y Abelardo para quedarse con la fiesta cuando se vio quién tenía más opción de ganar. Si se quiere leer estratégicamente, la explicación es más simple: la derecha hizo voto útil y sacrificó a su candidata más institucional por el candidato más competitivo frente a Cepeda. Si se quiere leer reflexivamente, el mensaje es más profundo: en Colombia, las coaliciones no se rompen cuando pierden; se rompen cuando los electores descubren que nunca fueron coaliciones reales, sino acuerdos temporales para sobrevivir a una coyuntura.

Al final, los votos no desaparecieron. Se desnudaron. Mostraron que una consulta puede inflar liderazgos, que una fórmula vicepresidencial puede sumar imagen pero no necesariamente transferir lealtades, y que el poder político colombiano sigue moviéndose por debajo de la superficie visible. Lo que viene no será solo una segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Será una disputa por definir qué miedo pesa más: el miedo a la izquierda o el miedo a una derecha sin frenos. Y en esa decisión, el país no solo elegirá presidente; también revelará qué tipo de cansancio lo gobierna.

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